Mirar sin preconceptos
Aprender a mirar por primera vez
No miramos el mundo por primera vez cada mañana. Miramos desde todo aquello que aprendimos. Aprendemos qué es bello y qué no, qué merece ser conservado y qué puede descartarse, qué es refinado, qué es rústico, qué tiene valor y qué no. Y aprendemos también a mirarnos a nosotros mismos de esa manera.
Yo crecí, como tantas mujeres, aprendiendo que siempre había algo que podía corregirse. Si tenías rulos, debías alisarlos. Si tenías el pelo lacio, necesitabas darle volumen. El cuerpo debía acercarse a determinadas proporciones. Había una altura, un peso, unas medidas que parecían estar más cerca de aquello que se consideraba bello.
Después, la edad, las canas, las arrugas. Siempre había un modelo. Y frente a ese modelo, una distancia. Creo que durante mucho tiempo confundí esa distancia con algo que me faltaba.
Hasta que un día empecé a mirar la lana.
Mirar antes de saber
Hay algo muy particular en tener un vellón recién esquilado entre las manos. Estamos frente a una materia en uno de sus estados más puros y honestos.
Pero incluso antes de tocarla ya sabemos muchas cosas —o creemos saberlas— acerca de ella. Sabemos cómo debería sentirse una buena lana. Cómo debería verse. Cuánto debería picar. Qué tan regular debería ser. Qué colores valoramos. Qué características consideramos defectos.
Cuando comencé a acercarme a estas lanas, yo también llevaba conmigo todo ese aprendizaje. Pero cuanto más las tocaba, cuanto más conocía sus colores, sus diferencias y sus irregularidades, más difícil me resultaba pensar esas características únicamente como defectos que había que corregir.
Entonces empecé a hacer un ejercicio que todavía hoy forma parte de mi manera de trabajar: intentar mirar antes de decidir qué estaba viendo.
¿Qué pasaría si no miraba el vellón pensando en la madeja? ¿Si no miraba la irregularidad pensando en la uniformidad? ¿Si no miraba la rusticidad pensando en la suavidad? ¿Qué pasaría si, por un momento, dejaba en suspenso todo aquello que sabía y simplemente miraba lo que tenía delante?
Y apareció otra lana. No porque la lana hubiera cambiado. Había cambiado mi manera de mirarla.
Mirar sin preconceptos es una forma de libertad
Hay una idea del pensamiento zen que desde hace un tiempo me acompaña: la mente de principiante.
No significa no saber. Significa intentar conservar, incluso cuando sabemos, una mente abierta a aquello que todavía podemos descubrir. Una mirada capaz de aceptar, de dudar, de permanecer abierta a las posibilidades y de intentar ver las cosas tal como son, antes de encerrarlas en aquello que ya conocemos.
Esa idea puso palabras a algo que la lana venía enseñándome. Porque un preconcepto no solo nos dice qué pensar acerca de algo. También determina qué somos capaces de ver. Si antes de mirar ya decidimos cómo debería ser una buena lana, todo aquello que se aleje de ese modelo aparecerá como una falta.
Pero cuando suspendemos por un momento esa expectativa, aparecen otras cosas. El color natural deja de ser ausencia de color. La irregularidad deja de ser necesariamente un defecto. La grasa deja de ser solamente suciedad y vuelve a ser parte de una fibra animal. El olor habla de un origen. La diferencia entre una hebra y otra nos recuerda que estamos frente a una materia que alguna vez estuvo sobre el cuerpo de un animal.
No se trata de decir que todo es perfecto. Tampoco de reemplazar un criterio por otro y decidir ahora que todo lo natural o lo rústico debe parecernos bello. Eso sería construir un nuevo preconcepto. Se trata de algo mucho más sencillo y, quizás, más difícil: dejar que aquello que tenemos delante pueda mostrarse antes de decidir qué pensamos sobre ello.
En ese pequeño espacio aparece, para mí, una forma de libertad.
Volver al origen
Creo que Línea ORIGEN nació, en parte, de esa experiencia. No de la intención de demostrar que un vellón puede convertirse en algo valioso, porque su valor no aparece después de lavarlo, hilarlo o tejerlo. Ya estaba ahí.
Por eso ORIGEN propone encontrarnos con la lana en diferentes momentos de su recorrido: en su estado más cercano a la esquila; hilada, pero todavía conservando parte de aquello que trae consigo; lavada y acondicionada, lista para comenzar otro proceso.
Ninguno de esos estados es más lana que otro. Ninguno necesita justificar al anterior. Son distintas maneras de entrar en relación con una misma materia.
Y quizás ahí esté también el sentido más profundo que encuentro hoy en la palabra origen. Volver al origen no significa volver atrás. No significa rechazar lo aprendido ni evitar la transformación. Significa intentar regresar, aunque sea por un momento, a aquello que existe antes de que nuestra mirada decida lo que debería ser.
Saber sin dejar de mirar
Todo esto también modificó mi manera de diseñar. Con los años aprendí mucho sobre lana. Aprendí sobre fibras, hilados, puntos, estructuras, construcción de prendas. Y necesito ese conocimiento para hacer mi trabajo.
Pero hay algo que no quiero que ese conocimiento me quite: la posibilidad de sorprenderme.
Ya no me interesa tanto preguntarme cómo hacer para que una lana responda a la idea que tengo. Me interesa conocerla primero. Entender qué permite y qué no, qué quiero conservar, qué sucede cuando intervengo y también saber cuándo detenerme.
Puedo lavar la lana, hilarla, teñirla, mezclarla, tejerla. Puedo construir con ella una prenda, un objeto, una superficie. Puedo intervenir mucho o muy poco. Pero hay una diferencia enorme entre transformar algo porque encontré una posibilidad y transformarlo porque creo que, tal como es, todavía no alcanza.
Respetar la naturaleza de una materia no significa no tocarla. Significa no necesitar borrarla para poder crear con ella.
Quizás el desafío sea aprender sin dejar de mirar por primera vez. Saber, sin dejar que lo que sabemos nos impida ver.
Continúa en tus manos
Por eso hay algo que me gusta especialmente de la frase que acompaña a Línea ORIGEN: Comienza en la Patagonia. Continúa en tus manos.
Albor no necesita decidir cuál debe ser el final de ese recorrido. La materia llega hasta vos con su naturaleza, sus particularidades, sus posibilidades. Podés transformarla mucho, poco o nada. Podés encontrarte con ella desde aquello que ya sabés hacer o permitirte no saber todavía qué hacer.
Después, el camino es tuyo. Quizás ahí también exista una pequeña forma de libertad.
Mirar otra vez
A veces pienso que todo esto comenzó porque aprendí a mirar una lana de otra manera. Pero quizás la lana también me estaba enseñando a mirarme. A reconocer cuántas veces había observado mi propio cuerpo, mi pelo, mi edad o mi manera de ser desde la distancia entre lo que era y aquello que había aprendido que debía ser.
No creo que podamos desprendernos de todo lo aprendido. Y ahora pienso que tampoco se trata de eso. Quizás se trate de algo diferente: aprender sin quedar atrapados en lo aprendido.
Conservar la posibilidad de dudar, de sorprendernos, de mirar otra vez. De encontrarnos con algo —o con nosotros mismos— sin comenzar inmediatamente por aquello que debería cambiar.
Eso es lo que Línea ORIGEN significa hoy para mí. No una búsqueda de aquello en lo que la materia podría convertirse, sino un regreso a aquello que ya estaba ahí.
La lana no necesitaba que yo descubriera su belleza. Tampoco necesitaba que la transformara para adquirir valor. Era yo quien tenía que aprender a verla.
Quizás por eso, cada vez que vuelvo al origen, la pregunta ya no es solamente qué puedo hacer con esta lana. La pregunta es otra:
¿Qué puedo ver cuando dejo de mirar solamente desde aquello que ya sé?
Y algunas veces, cuando consigo hacerlo, descubro que no faltaba nada.